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                                   VILLA GESELL

(Una Declaración de Amor)              

Escuché hablar por vez primer de Villa Gesell en el año 63 o  en el  64.

No lo recuerdo bien, no estoy demasiado seguro.

Yo era por entonces un adolescente soñador y hasta desesperado por conocer los misterios de este mundo.

 Había visto en los cines del barrio una película llamada "Los Jóvenes Viejos" que transcurría en los  paisajes de la Villa y si hay algo que yo deseaba en ese tiempo era ser como los protagonistas, un poco loco, un poco existencialista.

  Pisé sus arenas por primera vez (de eso si estoy seguro) en el invierno del 65. Fui en compañía de un gran amigo de aquellos años. 

  Nos hospedamos (creo que el verbo es excesivo) en una casa sin terminar de la Avenida 6 y el Paseo 112 bis. Cerca de una altísima duna de la zona a la que la gente llamaba La Colina. La propiedad no tenía ni siquiera los cerramientos colocados y debimos usar bolsas de dormir para pasar la noche y hacer frente al frío. Pasamos una semana juntos yendo a pescar a la playa porque en aquel tiempo el muelle todavía no existía. Íbamos a Carlitos ( el verdadero) y a escuchar música a Pierrot le Fou donde cantaba Carlos Waxemberg. Recuerdo de aquel viaje, además, la joven voz de la negra Mercedes Sosa saliendo del parlante de mi Spica, cantando Zamba Para No Morir en las heladas mañanas de nuestro despertar a la vida en la Villa. 

  Y era cuestión de no morir nomás.

  También nos gustaba ir a tomar algo a La Mosca Verde, que estaba en el Pinar y comprar collares de mostacilla en Gema-Cosas Raras. Yo a veces solía caminar por la playa solitaria y me ponía a gritarle de frente al mar embravecido y jugar con la sorprendente realidad de que allí nadie escuchaba mis gritos.

  Luego todo sucedió como en un torbellino. Los años fueron pasando el uno detrás del otro y hasta el mismo siglo cambió de manera insospechada. En su paisaje, en sus playas, en su arena y en sus calles conocí tanto el amor como el dolor, que es lo que generalmente le suele suceder a los seres humanos. E incluso colmé la niñez de mi hija (que hoy es una mujer) en una multitud de vacaciones felices y extraordinarias.

  Les aseguro que conozco tanto de Gesell que podría escribir un libro si lo deseara.

  Hoy sin embargo tan solo quiero declararle mi amor de la única forma en  que sé hacerlo: Por escrito y de manera Incondicional  y  Absoluta.

Tal vez en el paisaje de la eternidad (quien les dice) exista una playa como la de Gesell, un fogón y un amanecer frente al mar donde poder tocar la guitarra y estar junto a los amigos para siempre.

 

                                               

 

ATENCIÓN : ¡ Aquí va la YAPA!

  Dime como están las cortaderas...

  Si siguen bailando entre las dunas

  Diles por favor que no me olviden

  Que después que pasen siete lunas

  Con el verano ¡ Voy a volver !

 

                                                          Carlos Barocela   

                                                                "Amigo"