ROBERTO GOYENECHE
Sensible,
emotivo, tierno, espontáneo, apasionado e inventor de un estilo
Lo conocí personalmente una tórrida tarde de Enero de comienzo de los años 90, cuando regresaba a la ciudad en mi automóvil desde el norte del gran Buenos Aires. El sol ese día amenazaba con aniquilar el pavimento de la Avenida del Tejar y la tarde promediaba en amenazas de mas calor todavía.
Yo me detuve en el Bar y Pizzería San Quintín para beber algo fresco y el Polaco se hallaba a la sombra de una de las mesas de la vereda. Estaba como absorto mirando pasar el tránsito de la avenida y su mirada se dirigía, en realidad, a ningún lado.
Con toda mi admiración a cuestas me acerqué a saludarlo y el tuvo la deferencia de invitarme a sentar a su mesa. Los años - era evidente- ya lo estaban marcando con toda la impronta de una vida intensa y apasionada.
Hablamos un largo rato del tango en general y de algunos intérpretes en particular.
Ese día me di cuenta que El Polaco conocía mas de tango que cualquier otro especialista.
Su conocimiento, sin embargo, distaba mucho de ser el del historiador o el del intelectual que acumula información y datos sobre un tema en particular. El Polaco era un conocedor intuitivo y visceral al que tango le salía hasta por los poros y su saber era en verdad el saber de la calle, pero multiplicado por el laberinto infinito del entramado urbano, de cada barrio, de cada esquina y de cada paisaje de una ciudad que tanto él como yo amabamos hasta el desvarío.
Luego de un rato me saludó y se levantó de la mesa con la intención de irse. Su paso era lento y algo vacilante. Los otros parroquianos lo saludaron con mucho cariño y el desde la vereda agitó su mano derecha a manera de agradecimiento y despedida.
Un par de años después se despedía también de la vida.
Hoy yo siento su presencia, sin embargo, de una manera tan vital y tan intensa como cuando era ese joven boquiabierto y encandilado que lo escuchaba cantar sus mágicos tangos en el Caño 14 de la calle Talcahuano.