
RACING CLUB
Cuando yo era niño el color gris me rodeaba por doquier. Mi barrio era por entonces un paisaje ceniciento donde se cruzaban las tonalidades borrosas de las fachadas de los galpones y los colores apagados de los portones y de las paredes de las fábricas.
Mi vida transcurría en blanco y negro.
Transitaba a la mañana - camino del colegio- por un sendero demarcado entre la incierta continuidad de la vereda y el oscuro empedrado de la calle. Debo decir que a veces en invierno bajaba desde el cielo el manto fortuito de la neblina y entonces ni siquiera el propio color gris se notaba en el paisaje.
La primera vez que mi padre me llevó a ver a Racing el día estaba nublado.
La Academia jugaba contra Gimnasia y Esgrima de La Plata o contra Rosario Central, no lo recuerdo demasiado bien, pero de lo que sin embargo estoy bien seguro es que los dos primeros partidos los presencié ante esas dos escuadras.
Tan solo que no recuerdo el orden en que sucedieron los encuentros.
El estadio de Racing era una mole gris imponente pero a mi me parecía nada mas que una continuidad del panorama apagado de mi querido barrio. Cuando subí por las gradas, sin embargo, y contemplé desde las alturas el verde deslumbrante del campo de juego mi corazón comenzó a latir mucho mas fuerte. La adorada camiseta celeste y blanca resaltaba sobre el césped de la cancha e incluso también las de nuestros rivales le agregaban color a todo el espectáculo.
Al salir, luego del encuentro, recuerdo claramente haber escuchado la voz de Osvaldo Caffarelli desde las radios portátiles. Su voz y su florida prosa hablaban de algo así como el " atardecer sobre el Riachuelo y sobre el estadio de Racing ". Mi padre me llevaba a mi de una mano y a mi hermano de la otra y los tres atravesábamos juntos el melancólico atardecer de la ciudad de Avellaneda. Luego, probablemente, nos invitó con pizza y coca cola, nos hizo algún comentario del encuentro y el se bebió tranquilo una cerveza.
De regreso, en casa, nos esperaba la vieja.
Por eso, por todo eso que les he contado, debo decirles que cuando me pongo a hablar del Racing Club de lo único que hablo es del afecto.
Los años han pasado con exceso desde aquel día y mi padre se fue hace ya bastante tiempo a darse una vuelta por las estrellas. La vieja todavía está con nosotros y junto a mis hermanos no le retaceamos ni la sonrisa, ni el abrazo compartido, ni tampoco ese gesto de aliento sencillo y cotidiano que tanto nos ayuda a seguir viviendo.
La vida dio vueltas por todas partes y hasta de siglo hemos cambiado.
A mi, sin embargo, me parece que algún día, de alguna manera imprecisa y de la que - naturalmente - desconozco, la voz de Osvaldo Caffarelli volverá a escucharse una tarde en las radios del suburbio, el sol se volverá a poner sobre Avellaneda y mi padre volverá a llevarme de la mano a la cancha de Racing.